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2 de noviembre: Conmemoración de los fieles difuntos


01 noviembre 2026

La muerte ha sido vencida

En estos días, sobre todo en nuestro país, el “camposanto” se llena de familiares que acuden a pintar, limpiar, colocar nuevas flores… ante las tumbas, los nichos donde reposan nuestros seres queridos, por quienes elevamos nuestra oración. Es verdad que forma parte de nuestras costumbres…, pero el día de los Fieles Difuntos se dobla el número de familiares y todos, como comunidad cristiana, participamos de la celebración de la Eucaristía por su eterno descanso. Es lo mejor que podemos hacer: rezar y presentarlos al Altísimo que ha resucitado, y en su Resurrección todos hemos sido redimidos, y ya aquí gozamos de la Pascua eterna.

Aunque, sin duda, la realidad más dramática de la existencia humana es tener que morir, teniendo en el alma sed de inmortalidad. Esa muerte no es solo dramática, es también en no pocas ocasiones absurda, cuando viene segada una vida joven y prometedora, cuando a pagar el salario a la muerte es una vida inocente, cuando la muerte llega inesperada, como los fallecidos en Urda (Toledo), en el accidente ferroviario…, cuando troncha un porvenir magnífico, cuando crea un agudo problema en la familia, cuando… no sabemos qué decir, nosotros levantamos la cabeza y miramos con fe a Cristo Jesús, que derrame su misericordia.

El dramatismo y la absurdez aumentan cuando se carece de fe o esta es mortecina, casi completamente apagada. En este caso, todo se derrumba, porque se vive como quien no tiene esperanza. En ese caso, la muerte lleva en su mano la palma de la victoria y la vida termina bajo la losa de un sepulcro, dejando a los vivos en la desesperación y en la angustia sin sentido.

La fe cristiana, en cambio, nos dice que la muerte es un túnel negro que termina en un nuevo mundo de luz y de vida esplendorosas. Nos dice que la muerte es ciertamente una pérdida, por parte de quien se va (pierde su relación con el mundo) y por parte de quien se queda (pierde un ser querido), pero una pérdida que Dios es capaz de transformar, de forma a nosotros desconocida, en ganancia, porque la muerte del hombre, como en el caso de la crisálida, desemboca en vida. En Cristo resucitado, vencedor de la muerte, todos hemos ya comenzado, en cierta manera, a vencer la muerte mediante la participación en su resurrección.

Por su eterno descanso, oremos como Iglesia.


Bitácoras


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