Septiembre 22
Cierto noble del condado de Siena envió al bienaventurado Francisco, que estaba enfermo, un faisán. En la alegría de recibirlo, no por el apetito de comerlo, sino por la costumbre que tenía de alegrarse siempre en tales casos por amor del Creador, le dijo al faisán: “Hermano faisán, alabado sea nuestro Creador”. Y a los hermanos : “Hagamos ahora una prueba de si el hermano faisán quiere quedarse con nosotros o volver a los lugares a los que está hecho y que le son más convenientes”. Y por orden del santo, un hermano lo llevó lejos y lo dejó en una viña; pero el faisán volvió con paso veloz a la celda del Padre. El Santo ordena de nuevo que se aleje más; pero el faisán volvió a toda prisa a la puerta de la celda y logró entrar en ella como forcejeando, amparándose bajo las túnicas de los hermanos que estaban en la puerta. Después de esto, el Santo, abrazándolo y acariciándolo mientras le decía palabras de ternura , mandó que se le diese de comer con diligencia.
(2C 170)














