¡Hola Jesús! «Que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga»
El primer «Anuncio» de Jesús a sus discípulos de lo que se avecina no es fácil de aceptar. Realmente los discípulos no habían entendido lo que significaba Jesús. Su encuentro con el Maestro de Nazaret no había supuesto una renovación de su mente; seguían pensando como los hombres. La realidad del Hijo de Dios no es seguridad, es compromiso, responsabilidad, posibilidad… pero desde otras claves, que no son más extrañas y difíciles, sino más humanas. La realidad humana se da y crece entre y con los demás. Y yo me pregunto: «Yo sé quién soy, los otros me llaman, me permiten tomar conciencia de mi identidad…»
Claves más humanas y humanizadoras son aquellas que tienen en cuenta a los otros, al Otro. Tener en cuenta a los demás solo se hace realidad en proporción a la capacidad de olvidarse de uno mismo, de vaciarse para dejar espacio a los otros, al Otro. Jesús da muestras con su comportamiento de quiénes son los más importantes y cómo acoger y acompañar; pero parece ser que esta opción y este compromiso solidario no es bien visto por el sistema, por el «status quo» de su tiempo. Había que eliminarlo… ¿Dónde podía descansar la seguridad que buscaban sus discípulos? Ellos dijeron: ¡Esto es un fracaso!
Jesús experimentó la «Tentación». El mismo que había confesado «Tú eres el Hijo de Dios», ante el anuncio de lo que podía suceder en Jerusalén, es el que grita: «¡Dios te libre, Señor! No te sucederá tal cosa» (Mt 16,22). Esta exclamación de Pedro provoca la reacción de Jesús: «¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23). El enemigo está en casa… La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. ¡Mi Pedro…, o te pasas o no llegas, como nosotros!
Al comienzo de su vida pública, en el desierto, Jesús de Nazaret se enfrenta con distintas posibilidades de llevar a cabo el Plan de Dios. Jesús es tentado… tiene que elegir. En el hecho de elegir intervienen la libertad y la responsabilidad. Significa ser conscientes de lo que nos motiva, sobre qué edificamos la vida. Es hacer viva la experiencia de la fidelidad: fidelidad a uno mismo, a los demás, a Dios. Y el valor no está en el hecho de la fidelidad en sí, sino en la razón, el motivo, que la hace posible. Ese motivo es el mismo Dios y los demás, mirados y entendidos con y desde el amor y la confianza. Fidelidad a uno mismo desde la propia aceptación con la mirada vuelta al Señor. ¿Qué esperas de mí, Señor?
Jesús nos hace una «Llamada»: «quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Negarse uno mismo no es renunciar a lo que somos, no es sacrificar la propia vida… Es alcanzar la lucidez de lo que significa Dios en nosotros. Y cargar con la cruz no se limita a aceptar nuestros defectos y limitaciones, sino, más bien, aceptar las consecuencias de nuestra fidelidad, la respuesta que podamos provocar en los demás…
La identidad de cada ser humano es importante; somos obra de Dios irrepetible, cada uno es una «palabra» de Dios, participantes, pertenecientes, creadores, definidores de la obra de Dios. Y si la identidad es importante, la misión es necesaria; ambas se complementan, se precisan. Identidad y misión, realidad consciente que nos pone en camino y, si es el camino del Señor, nos aleja de la acomodación, nos invita a ir siempre más allá: por ejemplo: «Amad a vuestros enemigos, tratad bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen…» (Lc 6,27-28).
Ser cristiano es: «arriesgarlo todo por Jesús». No es fácil asomarse al mundo interior de Jesús, pero en su corazón podemos intuir una doble experiencia: su identificación con los últimos y su confianza total en el Padre. Por una parte sufre con la injusticia, las desgracias y las enfermedades que hacen sufrir a tantos. Por otra confía totalmente en ese Dios Padre que nada quiere más que arrancar de la vida lo que es malo y hace sufrir a sus hijos.
Jesús estaba dispuesto a todo con tal de hacer realidad el deseo de Dios, su Padre: un mundo más justo, digno y dichoso para todos. Y, como es natural, quería encontrar entre sus seguidores la misma actitud. Si seguían sus pasos, debían compartir su pasión por Dios y su disponibilidad total al servicio de su reino. Quería encender en ellos el fuego que llevaba dentro.
Hay frases que lo dicen todo. Las fuentes cristianas han conservado, con pequeñas diferencias, un dicho dirigido por Jesús a sus discípulos: «Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará». Con estas palabras tan paradójicas, Jesús les está invitando a vivir como él: agarrarse ciegamente a la vida puede llevar a perderla; arriesgarla de manera generosa y valiente lleva a salvarla.
El pensamiento de Jesús es claro. El que camina tras él, pero sigue aferrado a las seguridades, metas y expectativas que le ofrece su vida, puede terminar perdiendo el mayor bien de todos: la vida vivida según el proyecto salvador de Dios. Por el contrario, el que lo arriesga todo por seguirle encontrará vida entrando con él en el reino del Padre.
Quien sigue a Jesús tiene con frecuencia la sensación de estar «perdiendo la vida» por una utopía inalcanzable: ¿No estamos echando a perder nuestros mejores años soñando con Jesús? ¿No estamos gastando nuestras mejores energías por una causa inútil?
¿Qué hacía Jesús cuando se veía turbado por este tipo de pensamientos oscuros? Identificarse todavía más con los que sufren y seguir confiando en ese Padre que puede regalarnos una vida que no puede deducirse de lo que experimentamos aquí en la tierra.
