¡Hola Jesús!, en este domingo, -último, de este caluroso mes de junio-, el Señor en el Evangelio nos dice: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí»...
Debemos pensar que estas palabras de Cristo no buscan disminuir el valor de los lazos familiares, sino recordarnos cuál debe ser el verdadero centro de nuestra vida.
Jesús nos muestra que solo cuando Él ocupa el lugar principal en nuestro corazón podemos amar auténticamente a los demás, con libertad, generosidad y pureza.
Vivir la fe cristiana, y de manera especial responder a la vocación cristiana, requiere esta valentía: poner a Cristo por encima de los propios proyectos, de los afectos humanos y de cualquier seguridad terrena..., aunque siempre buscamos nuestras salidas... para dejar al Señor en no sé que plano..., tal vez, es sólo el Señor para “momentos”...
Al concluir este mes reflexionando sobre las vocaciones, en particular “la vida cristiana”, con estas palabras quisiera animar e invitar a vivir la fe, con radicalidad que implica a todo y a todos, y en particular en la oración por los jóvenes, para que tengan una entrega generosa a la vida cristiana, y si Dios -que siempre quiere- quiere, al sacerdocio y a la Vida Religiosa... ¡Ánimo!, que el Señor da siempre el ciento por uno, o el cien por cien..., los cristianos no somos seres en un camino de aislamiento y del vacío..., todo lo contrario es la experiencia de un corazón que, al pertenecer totalmente a Cristo, se ensancha para convertirse en padre y hermano de todos y para toda la Iglesia.
También deseo dirigirme a los padres de familia. Como ya les he recordado en otras ocasiones, una de las expresiones más grandes de amor hacia sus hijos, es estar dispuestos a ofrecerlos al Señor si Él los llama. Para una familia cristiana no existe mayor alegría que ver a uno de sus hijos servir a Dios desde el altar. No temamos vivir este orden del amor que el Evangelio nos propone.
Quien coloca a Jesús en el centro de su existencia no pierde nada; al contrario, encuentra la plenitud de todo lo que busca. Pidamos al Señor que en nuestras parroquias, conventos, monasterios... y en nuestras casas familiares sean tierra fértil donde nazcan respuestas generosas y valientes a la llamada sacerdotal, a la Vida Consagrada...
No olvidemos que lo más fácil suele ser adaptarse a los criterios del mundo. Sin embargo, Cristo nos invita a aceptar el desafío de caminar con Él y colaborar en su misión. La pregunta queda abierta para cada uno de nosotros: ¿serás tú uno de aquellos que se atrevan a seguirlo?
Vive con intensidad el misterio de la FE.
Bitácoras
