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  • Cada día con Francisco de Asís

Octubre 22

Como quiera que deseaba con entrañable piedad la salvación de las almas y sentía por ellas un ardiente celo, decía que se llenaba de suavísima fragancia –cual si se le ungiera con un precioso ungüento- cuando oía que muchos se convertían al camino de la verdad gracias a la odorífera fama de los santos hermanos diseminados por el mundo. Al oir tales noticias, se embriagaba de alegría su espíritu y colmaba de bendiciones dignísimas de toda estimación a aquellos hermanos que por su palabra o ejemplo inducían a los pecadores a amar a Cristo. Por el contrario, todos aquellos que con sus malas obras mancillaban la sagrada Religión, incurrían en la gravísima sentencia de su maldición: “De ti, santísimo Señor –decía- , y de toda la corte celestial, y de mí , pobrecillo, sean malditos los que con su mal ejemplo confunden y destruyen lo que por los santos hermanos de esta Orden edificaste y no dejas de edificar”.

(LM 8,3)

V/ En alabanza de Cristo y su siervo Francisco.
R/ Amén.

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