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  • Cada día con Francisco de Asís

Julio 20

Al volver de sus oraciones particulares, en las cuales se transformaba casi en otro hombre, se esmeraba con el mayor cuidado en parecer igual a los demás, para no perder -con el aura de admiración que podría suscitar su aspecto inflamado- lo que había ganado.
Lo explicó así muchas veces a sus familiares: «Cuando el siervo de Dios es visitado por el Señor en la oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla debe levantar los ojos al cielo y, juntas las manos, decir al Señor: "Señor, a mí, pecador e indigno, me has enviado del cielo esta consolación y dulcedumbre; te las devuelvo a ti para que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro". Y más: "Señor, arrebátame tu bien en este siglo y resérvamelo para el futuro"». «Así debe ser -añadió-; que, cuando sale de la oración, se presente a los demás tan pobrecillo y pecador como si no hubiera obtenido una gracia nueva». «Por una recompensa pequeña -razonaba aún- se pierde algo que es inestimable y se provoca fácilmente al Dador a no dar más».
En fin, solía levantarse para la oración tan disimuladamente, tan sigilosamente, que ninguno de los compañeros advirtiese ni cuándo se levantaba ni cuándo oraba. En cambio, al ir a la cama por la noche, sacaba ruido casi estrepitoso para que los demás se dieran cuenta de que se acostaba.

(2C 99)

V/ En alabanza de Cristo y su siervo Francisco.
R/ Amén.

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