Bastante más que cortesía
Hemos concluido en el convento de Loreto (Espartinas, Sevilla) el primero de los encuentros que el Definitorio provincial ha programado, dando cumplimiento a uno de los acuerdos del último Capítulo, a fin de dotar a los frailes de algunas herramientas que les ayuden en la convivencia y saneen las relaciones fraternas en profundidad y con miras mucho más hondas que la mera urbanidad. De la cortesía —sustantivo genérico elegido en la convocatoria de estos encuentros— dice el DRAE en la primera de sus ocho acepciones: «Demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona.» Explayándose o enriqueciendo el término en sus afines: «educación, corrección, atención, respeto, urbanidad, distinción, afabilidad, amabilidad, cordialidad, galantería, elegancia, finura, delicadeza, cortesanía.»
De ahí que sea equivocado entender que la cortesía iba más de buenos modales para gente ruda y hosca, que de relaciones humanas, salud emocional y madurez personal. De la experta mano de don Enrique Marco Iserte —asesor o formador ejecutivo, tanto personal y de equipos, experto en relaciones, con amplia experiencia con organizaciones y en procesos de desarrollo individual—, diecisiete hermanos procedentes de las fraternidades de El Palancar (Cáceres), Madrid, Cocentaina (Alicante), Córdoba, Sevilla, Martos (Jaén), Chipiona (Cádiz) y Loreto, han vivido una experiencia sugerente y muy dinámica, teórica y práctica, sobre asuntos tan terrenales y celestiales como el acuerdo relacional, la inteligencia emocional, la relaciones saludables y los entornos capacitantes.
Porque vivimos en fraternidad para crecer juntos, la calidad de nuestras relaciones depende de la calidad de vida, pues en el equilibro y fortaleza de ambas se apoya la misión de una fraternidad evangelizadora. Hemos oído hablar de las habilidades para conocer y darnos a conocer, desde la necesidad o las expectativas; de escuchar con empatía y respeto, ayunos de prejuicios, generosos y atentos; de llegar a expresar ante el otro —con humildad, con humanidad, con humor—los momentos más difíciles de nuestra estancia en la Orden y soltar lastre para sajar y curar.
Con la poda de los sarmientos de la vid —la liturgia pascual del Oficio y la Eucaristía han lustrado providencialmente la experiencia— también nos han asomado al abono de las relaciones personales con objeto de crecer, madurar y dar frutos. Tras conocer y darnos a conocer, viene bien ofrecernos incondicionalmente (aquí estoy; sin quejas, sin reproches ni crítica amarga); después, la petición (por favor, ayuda, sobre comportamientos, recabar opinión); llegando a compromisos y acuerdos, revisables y evaluables); y en la cima, el reconocimiento (de los talentos del otro, con admiración y agradecimiento recíproco, equilibrado, inmediato).
Fueron pocas horas, es verdad: el martes 5 de mayo completo y la mañana del miércoles 6. La satisfacción publicada y agradecida que produjo el trabajo, método, actitud de Enrique fue muy buena, inmejorable; la acogida de los frailes de Loreto, cálida, afectuosa y servicial; el estado y disposición de los reunidos, traslúcido, entregado y atento.
Hay que repetir pronto en esta buena lid.
Fray Antonio Arévalo Sánchez, OFM
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