III Encuentro Internacional de Filosofía y Teología Medieval: ¿Existe una Escuela de Teología Franciscana?
El día 24 de abril se celebró en el Instituto Teológico de Murcia OFM el Congreso Internacional de Metafísica Franciscana. Intervinieron Vicente Llamas, del ITM; José Manuel Rodríguez Morales, OFMConv, de Méjico; Ernesto Dezza, OFM; Javier Calpe Melendres (Universidad Antonianum, Roma); María Jesús Hermoso Félix (Universidad de Valladolid); María Zegers Correa (Universidad de Navarra); José María Salvador González (Universidad Complutense). Referente a la Escuela Franciscana para el siglo XXI, intervinieron: Gloria Silvana Elías (UNJU-CONICET), Idoya Zorroza (UPSA), Antonina Wozna (Universidad de Wuppertal).
Las contribuciones siguieron fundamentalmente estas líneas de pensamiento. La metafísica franciscana escolástica es una de las corrientes más originales dentro del pensamiento medieval. Nacida en el seno de la tradición inspirada por San Francisco de Asís, esta corriente no solo asume los marcos conceptuales de la escolástica, sino que los reinterpreta desde una sensibilidad profundamente espiritual, afectiva y cristocéntrica. En contraste con otras escuelas más racionalistas, la metafísica franciscana pone el acento en el amor como clave de comprensión del ser. Para los autores franciscanos, el universo no es simplemente una estructura ordenada de esencias y causas, sino una expresión viva del amor divino. Dios, en este horizonte, no se define únicamente como acto puro o causa primera, sino como sumo bien difusivo, cuya esencia es el amor que se comunica libremente. Uno de los rasgos centrales de esta metafísica es el primado de la voluntad sobre el entendimiento. Mientras que en otras corrientes escolásticas el intelecto ocupa el lugar principal, los franciscanos sostienen que la voluntad tiene una dignidad superior, porque es la facultad que permite amar y, por tanto, participar más plenamente en la vida divina. Este voluntarismo no implica irracionalidad, sino una visión en la que el conocimiento encuentra su plenitud en el amor.
Asimismo, la metafísica franciscana desarrolla una concepción profundamente relacional del ser. Todo lo creado remite a Dios no solo como causa eficiente, sino como ejemplar y fin último. El mundo es entendido como vestigio, imagen y semejanza del Creador, lo que permite una lectura simbólica de la realidad. La creación entera se convierte así en un lenguaje que habla de Dios y conduce hacia Él.
Otro aspecto característico es la doctrina de la univocidad del ser, desarrollada especialmente en el pensamiento de Juan Duns Escoto. Según esta perspectiva, el ser se dice de Dios y de las criaturas en un sentido común, aunque no idéntico en grado. Esto permite un conocimiento verdadero de Dios a partir de las criaturas, evitando tanto la total equivocidad como una analogía excesivamente distante. Por otra parte, la metafísica franciscana introduce la noción de haecceitas o “estoidad”, que subraya la singularidad irrepetible de cada ente. Frente a visiones más universalistas, aquí se afirma con fuerza la individualidad concreta, lo cual tiene profundas implicaciones antropológicas y espirituales: cada ser es querido por Dios de manera única y particular.
Finalmente, el cristocentrismo constituye el eje último de esta metafísica. Para los franciscanos, Cristo no es solo el redentor del pecado, sino el centro mismo del proyecto creador. La encarnación no se explica únicamente como respuesta al pecado, sino como la culminación del amor divino. Toda la realidad encuentra en Cristo su sentido más pleno. En síntesis, la metafísica franciscana escolástica ofrece una visión del ser marcada por el amor, la libertad, la singularidad y la centralidad de Cristo. Más que un sistema abstracto, es una metafísica viva, orientada hacia la contemplación y la unión con Dios, en la que el conocimiento y el amor se integran en una misma experiencia de verdad.
Sobre la doctrina de la creación en el pensamiento franciscano actual afirmaron las ponentes que se sitúa en continuidad con la tradición escolástica, pero reinterpretada a la luz de los desafíos contemporáneos, especialmente la crisis ecológica, la antropología relacional y una teología más existencial. Inspirada en figuras como Francisco de Asís, Buenaventura y Juan Duns Escoto, esta doctrina mantiene su núcleo cristocéntrico y afectivo, pero se proyecta hoy hacia una comprensión más integral del mundo creado. Uno de los rasgos más destacados es la afirmación de la creación como acto libre de amor. Dios no crea por necesidad, sino por donación gratuita, lo que confiere a toda la realidad un carácter de gratuidad y bondad originaria. Esta idea se conecta hoy con una visión positiva del cosmos, donde la creación no es solo un escenario para la salvación humana, sino un valor en sí misma, digna de respeto y contemplación.
Se insiste en la actualidad en la dimensión relacional de la creación. Todo lo creado está interconectado, formando una red de relaciones que refleja, de algún modo, la comunión trinitaria. Esta visión ha encontrado una fuerte resonancia en el magisterio actual, especialmente en la encíclica Laudato si’ del papa Francisco, donde se habla de una “ecología integral”. Desde esta perspectiva, el ser humano no es dueño absoluto de la creación, sino custodio responsable dentro de una comunidad de criaturas. Otro elemento clave es el redescubrimiento del cristocentrismo cósmico. Siguiendo la intuición de Duns Escoto, muchos teólogos franciscanos actuales sostienen que Cristo es el centro del universo creado, independientemente del pecado. La encarnación es vista como el culmen del amor divino hacia la creación, y no solo como remedio. Esto implica que toda la realidad tiene una orientación hacia Cristo, lo que otorga un sentido profundo a la historia y al cosmos.
Asimismo, se ha revalorizado la noción de “fraternidad universal”, inspirada directamente en la experiencia de Francisco de Asís. La creación entera es concebida como una familia en la que cada criatura tiene un valor propio. Esta intuición ha sido retomada también en clave social y política, promoviendo una ética del cuidado, la justicia ambiental y la solidaridad global.
En el plano antropológico, el pensamiento franciscano actual subraya la dignidad singular de cada ser humano, en línea con la doctrina de la haecceitas. Cada persona es irrepetible y querida por Dios en su individualidad concreta, lo que fundamenta una ética del respeto radical por la vida y la diversidad.
Finalmente, la doctrina de la creación no se limita a una explicación del origen del mundo, sino que se convierte en una espiritualidad vivida. Contemplar la creación, cuidarla y vivir en armonía con ella son formas de participar en el amor creador de Dios. Así, la metafísica se transforma en ética y en praxis, haciendo de la creación un espacio de encuentro con lo divino y con los demás.
Fray Miguel Ángel Escribano
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